actitudes filosóficas

Las actitudes filosóficas son aquello que hace posible el estar dispuestos a pensar y a ejercitarnos en la reflexión y el diálogo. Se trata de actitudes de tipo cognitivo y existencial, que no deben confundirse con otras actitudes, de tipo moral, con las que pueden tener algo en común pero que exceden las actitudes puramente filosóficas.

sosiego

Consiste en calmar el cuerpo y el pensamiento; apaciguarse. Para ello hay que hacer callar el ruido que nos ensordece la mente, no precipitarnos al sacar conclusiones o hacer presuposiciones y evitar expresarnos movidos por la urgencia de dar salida al torrente de palabras que llevamos dentro. Para lograrlo tenemos que vigilar y medir el ritmo del trabajo, permitir que los participantes tomen conciencia de su propio funcionamiento y que actúen de forma reflexiva y no movidos por la pura reactividad ante estímulos internos o externos.

ignorancia adquirida

Se trata de introducir la incertidumbre en el trabajo filosófico. Se pasa así de la transmisión de conocimientos a la puesta a prueba de hipótesis y argumentos. Lo que buscamos es desarrollar la capacidad de abandonar las opiniones con las que habitualmente funcionamos y, al menos momentáneamente, suspender el juicio y dejar espacio para el examen riguroso y crítico de las ideas. Para esto hay que inclinarnos por trabajar el proceso de pensamiento, la reflexión en común y la problematización, y dejar en un segundo plano la búsqueda de buenas respuestas. Se trata de considerar el pensamiento como un proceso continuo de búsqueda y revisión de verdades, en el que importa más el proceso de indagación que las respuestas a las que se llegue.

autenticidad

Somos auténticos cuando nos atrevemos a pensar y decir lo que pensamos, cuando nos arriesgamos a hacer hipótesis sin preocuparnos, sin temer y sin buscar la aprobación de los demás, y sin dejarnos minar por las dudas que puedan surgir. Se trata de hacernos responsables de lo que hacemos, de lo que decimos y de lo que pensamos, buscando en todo ello el rigor y la coherencia. Para valorar la singularidad del pensamiento auténtico habrá que animar a los más tímidos a que, oralmente o por escrito, examinen hasta el final sus ideas, al margen de las consecuencias, y animarles a hacerlo de forma clara, para asegurarse de que son comprendidos. En ese proceso habrá que impedir toda manifestación colectiva de desaprobación o de burla que pueda enturbiar el proceso.

 

apertura (empatía/simpatía)

Se trata de desarrollar la capacidad de ponerse en el lugar del otro para comprenderle (empatizar) y para sentirnos afines a él (simpatía). De esta forma salimos de nosotros mismos y estamos en disposición de entender aquello que nos resulta extraño sin prejuicios ni animosidad, y centrarnos en ello con curiosidad e interés. De esta forma se generan relaciones más cognitivas que emocionales, relaciones fundadas en la razón. Esto implica que no tenemos que identificarnos con el otro, no tenemos que sentir lo que el otro siente, ni estar necesariamente de acuerdo con él, pero sí tenemos que aceptar su persona, comprender sus emociones y sus ideas. Para ello habrá que identificar las relaciones problemáticas y trabajar aquello que genera fricciones y obstáculos para el pensamiento en común.

confrontación

Para confrontarnos con el pensamiento del otro y con el propio tenemos que comprometernos con la crítica y el diálogo, sin intentar buscar el acuerdo o el consenso a toda costa, y sin menospreciar ni glorificar el pensamiento propio o el ajeno. No se trata tanto de respetar las ideas u opiniones en sí mismas sino de respetar la actividad reflexiva y asumir la crítica como parte de ella, y no temerla o entenderla como una amenaza. Al confrontar una idea buscamos lo que en ella hay de problemático, la cuestionamos con coraje y espíritu crítico, asumiendo los riesgos derivados de mostrar nuestra oposición o desacuerdo.

 

asombro

Aceptar y reconocer el estar sorprendidos frente a lo inesperado o lo que nos resulta diferente, de manera que esa sorpresa nos sirva de señal para detenernos a examinar lo que plantea problemas, o que nos permita entender lo que está en juego. Sin asombro, todo se convierte en rutina, el pensamiento se embota, los hábitos acaban con toda creatividad y cada cual termina haciendo referencia únicamente a aquello que para él es normal. Para evitar caer en esa banalidad se han de tomar en consideración las diversas perspectivas que están en juego, establecer relaciones entre las ideas y generar tensiones dinámicas entre ellas que permitan producir nuevas hipótesis.

confianza

Se trata de tener confianza en los otros y en uno mismo. No pensar que hay que defenderse, ya sea para proteger nuestra imagen, nuestras creencias o nuestra persona. Sin esa confianza, cada uno se prevendrá de los otros, intentará no responderles cuando se interesen por nuestro pensamiento, rehusará admitir sus errores aunque sean evidentes, y siempre estará la sospecha de que el otro está siguiendo algún tipo de estrategia para pillarnos en falta o para humillarnos. Para evitarlo, habrá que instaurar un clima de confianza en el que el error sea desdramatizado, en el que poder reírse de las equivocaciones y los despropósitos, y en el que poder apreciar colectivamente que una idea es bella independientemente de quién sea su autor.

 

distanciamiento

Consiste en romper con la implicación emocional y subjetiva con lo que se piensa y dice para poder examinarlo. Está relacionado con la capacidad de suspender el juicio para criticar una idea, problematizarla o pensar lo que hasta el momento era impensable. Al proceder de esta forma, se hace posible un conocimiento válido según criterios objetivos e intersubjetivos de verdad.

 

radicalidad

Nos referimos con ello a la fuerza que impulsa a la voluntad a llegar hasta el final en su compromiso con la verdad, con la libertad y con la autonomía de la razón. Consiste en llevar el examen de las ideas hasta sus últimas consecuencias. Para ello hay que perseguir, con vehemencia y tesón, las inconsistencias del pensamiento, del propio y el ajeno, para hacerse cargo de ellas.

 

coraje

Forjarse a uno mismo a través del diálogo con los otros, sin temer afirmarse o confrontarse. Expresar el propio pensamiento a fin de poder ser objeto de pensamiento de uno mismo y de los otros. Perseverar en nuestro ser particular en su confrontación con la alteridad. Atreverse a pensar sin miedo a las contradicciones o a las reacciones no intencionadas. Forma de autenticidad vinculada con la valentía, la tenacidad, la constancia y la fuerza de voluntad.

rigor

Se trata de pensar y actuar de forma ordenada y clara, de seguir la lógica de los procesos dialécticos al entrar en diálogo con los otros sin producir interferencias o negar aquello hacia donde nos lleva el pensamiento. Seguir a la razón y la lógica a la hora de expresar, analizar o explicar las ideas. Usar los conceptos y elaborar juicios de forma crítica y fundamentada.

prudencia

Consiste en no asumir riesgos innecesarios, en simplificar nuestras aspiraciones sin perseguir la perfección. Meditar nuestras palabras para actuar de forma consciente y buscando hacer lo correcto. Actuar de forma razonable, en consonancia con los dictados de la razón y el sentido común. Nos previene de guiarnos por la impulsividad y la inconsciencia.

 

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