dimensiones del filosofar

la dimensión intelectual o cognitiva: pensar por uno mismo

  • Exponer y articular las ideas con claridad y rigor.

  • Realizar críticas y objeciones.

  • Comprender las ideas, propias y ajenas.

  • Elaborar, formular y contrastar hipótesis y juicios.

  • Problematizar y hacer preguntas.

  • Razonar  y argumentar de forma correcta.

  • Usar con rigor conceptos y categorías.

  • Analizar y sintetizar ideas.

  • Pasar de lo abstracto a lo concreto y viceversa.

  • Explicitar las relaciones entre ideas.

  • Identificar supuestos e implicaciones.

la dimensión existencial: ser uno mismo

  • Expresar la propia identidad en juicios, decisiones y posicionamientos.

  • Ser consciente de uno mismo, de nuestra forma de ser, pensar y comportarnos.

  • Cuestionarnos, criticarnos y reconocer el error y la incoherencia en uno mismo.

  • Distanciarse de uno mismo para poder transformar nuestras formas de ser y de pensar.

  • Modular, a través del pensamiento, nuestras reacciones emocionales.

  • Identificar, verbalizar y aceptar los propios límites.

  • Asumir el riesgo de expresar nuestra voluntad y responsabilizarnos de ello.

  • Comprometernos con llevar el proceso de reflexión hasta sus últimas consecuencias.

  • Ponernos a prueba sin temer equivocarnos o cometer errores.

  • Confrontarnos con los demás sin contar con que estemos en lo cierto.

  • No buscar la aprobación o el rechazo de autoridades externas.

la dimensión social:     pensar con los otros

  • Escuchar al otro, respetarlo y comprenderlo.

  • Interesarse por el pensamiento de los otros.

  • Descentrarse por medio del diálogo y la reformulación de ideas ajenas.

  • Permitir que los otros nos pongan a prueba con preguntas y críticas.

  • Responsabilizarse de la generación colectiva del pensamiento.

  • Comprender, aceptar y discutir las reglas del diálogo.

  • Confrontar ideas sin entrar en competición.

  • Explicitar los obstáculos que dificultan el proceso de pensar.

  • Vernos reflejados en nuestros semejantes.

  • Confiar en los otros y valorar sus aportaciones al colectivo.

la dimensión intelectual o cognitiva: pensar por uno mismo

La exigencia de pensar por nosotros mismos se ha mantenido como una constante en la filosofía. Ser capaz de pensar por uno mismo supone una práctica constante y autorregulada en la que se va construyendo el propio pensamiento a partir de la expresión y articulación de las ideas.

El conocimiento no se toma como algo ya dado y que se transmite de generación en generación por medio de la repetición, sino que es producto de la actividad reflexiva de los sujetos que tienen la responsabilidad de recrear las ideas y volver a ponerlas en juego. Es por ello que hay que ejercitar la capacidad de articular con claridad los pensamientos que ocupan nuestra mente, para así poder tanto desarrollar nuestras ideas de forma consciente como poder revisarlas críticamente.

En ese proceso de expresar nuestro propio pensamiento van a surgir diferentes dificultades y obstáculos que solo con una ejercitación continua podremos aprender a solventar: al poner en palabras lo que tenemos en la mente puede que lo hagamos de forma vaga o confusa y que tengamos que aclararlo para decir algo comprensible; puede que los otros no comprendan lo que decimos porque no hemos desarrollado lo suficiente las ideas y que tengamos que explicitar los vínculos entre las ideas; al tratar de articular las ideas puede que hagamos razonamientos incorrectos y que produzcamos respuestas incoherentes o contradictorias, por lo que tendremos que revisar la lógica de nuestro pensamiento; puede que digamos algo sin ser conscientes de sus implicaciones y consecuencias y que necesitemos tomar conciencia de ello mediante la confrontación de ideas con los otros; puede que nuestras ideas se vean cuestionadas y que tengamos que revisar nuestro pensamiento y replantearnos las ideas que vamos a expresar.

Las prácticas filosóficas proponen crear espacios para la ejercitación, tanto oral como por escrito, de nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos.

la dimensión existencial: ser uno mismo

Desde los primeros años de escuela se nos transmiten una serie de valores, reglas y conocimientos que han de regular nuestra forma de comportarnos. Nuestra forma de ser se ve sometida a la presión de exigencias y expectativas externas, que pueden llegar a ahogar el desenvolvimiento de nuestras tendencias individuales y dificultar el que seamos autónomos.

En los talleres y diálogos filosóficos se anima a las personas a que tomen el riesgo de posicionarse y emitir juicios sin que su expresión se vea condicionada por la imposición de valores o criterios provenientes de una autoridad externa. Aquellos que se comprometen con el acto de filosofar aceptan el reto de producir su propio pensamiento y confrontar sus ideas con otros, estando dispuestos a revisar sus posicionamientos y juicios previos cuando encuentren buenas razones para ello.

Ser uno mismo no es solo arriesgarse y comprometerse con expresar y confrontar el propio pensamiento, también es tener coraje para confiar en uno mismo y actuar en consonancia con las propias ideas, sin limitarnos a cumplir con las expectativas y exigencias que nos vienen del exterior. Además, como seres autónomos, tomamos conciencia de nuestros límites, lo que nos permite saber quién somos, de qué somos capaces, de qué no, qué queremos y qué no queremos.

También es parte de este proceso descubrir nuestra ignorancia y reconocer nuestros errores sin temer cometerlos, pues nos damos cuenta de que ser uno mismo conlleva el riesgo de equivocarnos. Se trata de aprender a ser auténticos sin que ello nos lleve a la glorificación de nuestra persona, y aprender a ser empáticos y razonables sin caer en minusvalorar o rechazar lo que somos.

la dimensión social: pensar con los otros

El diálogo es una actividad que puede entenderse como un debate en el que se defienden y atacan opiniones, pero también se puede entender como una construcción colectiva del pensamiento. En las prácticas filosóficas, el diálogo es el lugar en el que se confrontan las ideas con el fin de ponerlas a prueba gracias a los otros. Es en ese pensar con los otros donde la pluralidad de perspectivas hace que se vaya enriqueciendo el contenido del pensamiento y que sean los otros, con sus intervenciones, los que nos permitan examinar y revisar nuestras ideas, los que nos sirvan como espejo en el que vernos reflejados para tomar conciencia de nuestros funcionamientos, y los que nos sirvan de apoyo, y de guía, para ir construyendo nuestro pensamiento individual a la vez que se va generando una creación colectiva.

Es en este proceso de pensar con los otros cuando los problemas y dificultades se pueden convertir en materia de reflexión. Los otros tienen la distancia necesaria para ayudarnos a ver aquello que nos resulta impensable bien porque lo tenemos muy cerca y lo consideramos evidente, bien porque lo tememos o despreciamos tanto que nos negamos a pensarlo a menos que alguien nos indique la importancia de examinarlo y nos acompañe en ese proceso.

Al entrar en diálogo con los otros el pensamiento se exterioriza, permitiendo ver y compartir los procesos que habitualmente solo experienciamos de forma privada en nuestra mente. Al hacerlo de forma conjunta, se desdramatiza parcialmente la experiencia de equivocarnos, estar confusos, ser incoherentes o plantear ideas contradictorias.

El taller de filosofía es por ello no solo un espacio para pensar por uno mismo y atreverse a ser uno mismo, sino que también es un lugar en el que pensar con los otros y que sean los otros los que nos ayudan a clarificar, cuestionar y revisar nuestras ideas, a tomar conciencia de nosotros mismos y a identificar y nombrar los obstáculos y dificultades que tenemos.

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